Profesores jefes, esencia y labor

De manera teórica el rol del profesor jefe está bien definido. Es fácil buscar en la web características y estándares a los que debe aspirar. Coordinar actividades educacionales y formativas con alumnos, apoderados y demás profesores del curso en el que desempeñamos nuestra jefatura; programar y comunicar eficientemente las diversas actividades en conjunto con los diferentes apoyos que presta nuestro Colegio y en estrecha comunicación con padres y apoderados; generar y propiciar en nuestros estudiantes una actitud comprometida con los valores institucionales; promover comportamientos que les permitan hacerse cargo de su autocuidado y proyecto de vida. No obstante, en la práctica es distinto. Definiciones y conceptos se enfrentan de súbito a rostros y personalidades disímiles, que no son estadísticas sino pequeñas personitas que debemos descubrir y acoger con amor y respeto.

Si este proceso es difícil por la responsabilidad que conlleva, el desafío de ejercerlo durante la pandemia fue doblemente complejo porque perdimos las sonrisas y abrazos de nuestros alumnos que son la recarga energética de la labor docente. Nuestro cansancio se amortigua con las palabras sencillas y sinceras de los estudiantes, lo que cambió drásticamente en marzo de 2020 pues nos vimos enfrentados a lo que ya todos conocen y de lo que se ha comentado ampliamente: pantallas negras, silencios y ausencia.

¿Qué hacer? Fuimos desafiados a reinventarnos, buscar nuevas estrategias que nos ayudaran a acercarnos a nuestros estudiantes. Surgieron salas virtuales con música, juegos y desafíos. Conocimos páginas que nos permitían interactuar de manera lúdica, donde Kahoot, Wordwall, Quizziz (solo por nombrar algunas) se convirtieron en nuestras mejores amigas para llegar a ellos. Aprendimos a comunicarnos a través de Classroom intercambiando palabras y opiniones, tratando establecer esa conexión Colegio-estudiante-familia indispensable para el desarrollo académico adecuado. Y aunque fue un alivio y un descubrimiento que fortaleció nuestra tarea, no fue la panacea. Algo faltaba.

Y es que, tanto para los estudiantes como para sus profesores jefes, la presencia física, la mirada, el contacto no puede ser reemplazado. Nuestra vocación se enriquece al observar la chispa en los ojos de nuestros estudiantes al entender o aprender algo nuevo y nos desafiamos al verlos tristes o complicados por situaciones

–Incluso- extraescolares. Tuvimos limitaciones en las clases híbridas al no ser siempre tan eficientes con el micrófono, ver la pantalla, controlar el uso del alcohol gel, abrir las ventanas para la correcta ventilación, verificar las distancias necesarias o atender las particularidades de los alumnos de nuestra jefatura. Pero estas vicisitudes reafirmaron nuestro compromiso al corroborar que nuestro trabajo se vuelve vacío sin lo esencial que es la presencia viva y participativa de nuestros alumnos con sus deseos de aprender y ser escuchados.

No se trata de romantizar nuestra labor, en tono de broma constantemente muestro a mis estudiantes una “nueva cana” producto de las “rabias” que me hacen pasar. Es verdad que no todo es un jardín de rosas, nos disgustamos y frustramos con situaciones que requieren doble porción de paciencia e ingenio. Sin embargo, al recordar que son vidas en formación, que estamos moldeando a quienes tomarán decisiones –muchas veces relevantes, inclusive, para nuestro país- no podemos bajar los brazos ni resignarnos. Tomamos aire y continuamos porque ellos son los verdaderos protagonistas que dan sentido a todo el esfuerzo que podamos realizar.

Cecilia Velásquez Molina Profesora de Lenguaje Enseñanza Media

Profesora Jefe 7°B Colegio Concepción San Pedro